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La Mirada de Color en una Década

Curaduría íntima de una exposición colectiva

Bárbara Archer, Amanda Arrou-tea, Pepe Molina y Emilio Suárez Trejo

Michel Pastoureau decía: «Un color nunca aparece solo. Solo adquiere sentido —y solo funciona plenamente— desde lo social, lo artístico y lo simbólico, en la medida en que se relaciona con otros.» Desde hace diez años el color dejó de ser en mí un fenómeno accidental para convertirse en mi territorio de investigación: un mapa de afectos, de procedimientos y de desplazamientos.

Nací en México y viví años en Mérida, país y ciudad donde el color es paisaje cotidiano —un dato tan obvio que casi no se nombra—; después viví en Berlín y hoy habito Valencia. Esa migración no fue simplemente geográfica: fue un aprendizaje largo sobre cómo diferentes culturas piensan, organizan y sienten el color. En algunos contextos el color se clasifica, se separa y se muestra con normas; en otros —como el mío— el color se vive como respiración diaria, se mezcla sin recelo y se convierte en modo de existencia. Esa tensión entre la norma y la exuberancia, entre la restricción y la expansión, es la columna vertebral de esta exposición. Convoco, entonces, una década de viaje y de observación: diez años de encuentros que no buscan fechar una nostalgia, sino trazar una cartografía afectiva donde las paletas actúan como narradoras. Parto de la idea de Pastoureau para pensar las obras como nodos relacionales: cada color en ambas salas no es una nota aislada sino una voz que dialoga con las otras, con el lugar y con quienes lo habitan.

Amanda Arrou-tea entiende la pintura como un aparato de luz y de género: sus lienzos proponen paletas que cuentan historias íntimas —la condición de ser mujer, la presencia corporal, la memoria— atravesadas por matices que no solo describen sino que nombran genealogías emocionales. Sus superficies funcionan como atmósferas en las que la luz se vuelve lenguaje.

Pepe Molina ofrece una cartografía de viaje y archivo: con procedimientos que recuperan la historia fotográfica, como la cianotipia, sus azules devienen actos de exploración tanto de mar como de la tierra. En sus imágenes el color se comporta como ausencia y presencia a la vez: invita al espectador a completar, a habitar lo que falta, a reconocer que ver es siempre una tarea compartida entre técnica y mirada.

Emilio Suárez Trejo traduce desplazamientos humanos en atmósferas pictóricas. Sus transferencias sobre óleo y el uso consciente de la paleta funcionan como dispositivos para narrar migraciones, relaciones laborales y geografías del desarraigo. El color en sus telas señala, oculta y da lugar: es herramienta documental y subjetiva a la vez.

Bárbara Archer, llegada desde Estados Unidos y transformada por Mérida, comparte en la cerámica una práctica de reparación cromática: su trabajo es respuesta a un miedo previo al color y a la vez prueba de que el color puede ser vehículo de liberación. En barro y esmalte, la paleta se expande y problematiza la noción de tradición y pertenencia.

El Centro Cultural La Cúpula (CCC) actúa aquí como espacio relacional por excelencia: en su arquitectura y en su historia conviven cuerpos y colores que han construido redes de sentido durante esta década. El montaje se propone como un diálogo sumatorio: superficies que se miran, vacíos que exigen ser coloreados por quien observa, y yuxtaposiciones que demuestran que un mismo tono puede significar cosas diferentes según el contexto. Propongo que nos interesemos en esas fricciones productivas: en cómo una paleta puede interpelar memorias colectivas, desestabilizar hábitos cromáticos y abrir modos alternativos de habitar el color. De como se han forjado rutas enlazadas entre México y Europa, entre el CCC y el Festival A-Part hermano en Francia, en ese compromiso con la cultura y el diálogo. Este proyecto no pretende resolver una sola lectura sobre el color; su gesto curatorial es otro: mostrar que el color es siempre una práctica compartida —social, simbólica y política— y que entre México/Mérida y Europa, entre lo doméstico y lo público, se gestan formas diversas de nombrar el mundo. Les propongo mirar con atención: ¿qué historias les cuentan las paletas aquí reunidas? ¿A dónde los conduce cada selección cromática? ¿Qué color les habita cuando salen de esta sala?

Guillermo S. Quintana, curador